Nota del autor

Todo lo expuesto en este blog corresponde, sólo y exclusivamente, a la inquieta mente de su creador, por lo que, cualquier parecido con personas y/o situaciones reales, es sólo producto de la casualidad.

jueves, 25 de mayo de 2017

La merienda...

Ramoncito, no sé si lo sabéis, tiene brackets; los ha tenido que llevar casi desde su nacimiento, ya que, una tarde, queriendo emular a "Los Fraggle" cuando se tiraban por las cascadas, salió disparado desde el sillón de casa con tan doble mala fortuna que tiró una lámpara muy antigua en su aterrizaje contra el frío mármol, y le costó los dientes en primera instancia y, en segunda, que su madre se los acabara de emparejar del sopapo que le dio por haber destrozado el mobiliario. Desde entonces, y debido a los sucesivos cambios con la edad, él siempre ha tenido que llevar aparato.

Debido a esto, el momento de cepillarse los dientes, que es algo que tiene algo de rito, porque sí el hilo dental, el masaje de arriba a abajo y alrededor de los "cuadraditos" de metal, que si el agua a presión para evitar restos de comida, hace que procure entregarse a la manduca sólo a sus debidas horas y nunca se permita un paréntesis, tal es el engorro del cepillado. 

Pues bien, una tarde, calurosa, de principios de Junio, de esas en las que lo único que entra es polvo y, si acaso, algún perro desorientado, Ramoncito, un poco hastiado del calor y de estar allí sin que entrase un alma, decidió cruzar a la acera de enfrente y comprarle una palmera a Rosa(a saber, la chica de los ultramarinos, y de paso echarle un vistazo al modelito del día porque la muchacha es guapa, pero guapa, guapa). Tras los intercambios de rigor acerca del calor, de cómo están las cosas, etc, Ramoncito se va a su óptica con su gran cuña de chocolate y crema, ya que Rosa le ha recomendado que es mejor que la palmera y está mucho más tierna y sabrosa, así que, sentado en su silla del taller (vulgo donde se apañan las gafas), se dispone a dar buena cuenta de ella, aprovechando que no entra nadie; no ha hecho más que pegarle el primer mordisco (que de todos es sabido es el mejor) cuando una señora con su "batilla" de verano y sus chancletas de playa, asfixiada por la edad y por la que está cayendo, que van las ranas con cantimplora, entra en la tienda a que le ponga un tornillo (a la gafa, no me piensen mal), pegándose unos "abanicazos" justo en ese momento en el que todos los dientes de Ramoncito son amalgama de chocolate y bizcocho, la boca está llena de "mijillas", y la deliciosa bola tiene que ser tragada rápido y sin disfrute alguno, para salir corriendo a atender a la vecina que, después de todo, podía haber venido en cualquier momento, ya que le ha dejado la gafa allí y le ha dicho que luego viene a recogerla, que hace mucho calor, dejando a nuestro óptico como su apellido ficticio, esto es, Ojiplático Estupefacto. 

Tal es la vida del "vendegafas", que en las tardes de estío abrasador, sólo entra gente cuando él está saboreando, y sólo en ese momento, la merienda...

N del A: ya sabéis que todos estos episodios surgen de la mente del autor, por lo que cualquier parecido con hechos reales, y/o personas, es pura coincidencia.

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