Nota del autor

Todo lo expuesto en este blog corresponde, sólo y exclusivamente, a la inquieta mente de su creador, por lo que, cualquier parecido con personas y/o situaciones reales, es sólo producto de la casualidad.

martes, 6 de junio de 2017

¿me quedan bien?...

Ya son más de las diez, y Ramoncito está inmerso en su rutina laboral; a saber, "limpiar, lucir y dar esplendor", como reza el lema de la RAE (vulgo las personas que dicen las palabras), y que él recuerda cada vez que abre la tienda cuando, plumero en mano, se presta a sacarle el polvo a los muebles de la misma que, de tener las puertas abiertas, se suelen llenar todos los días. 

Uno de los momentos que más le gusta a Ramoncito es este de la limpieza, sobre todo cuando se sale a la puerta y barre la acera ya que, a la misma hora, sale Rosa (véase "la merienda ") a hacer lo propio en la tienda de ultramarinos y él se entretiene con la animada charla. 

Rosa es una mujer morena, voluptuosa, con una larga melena que lleva siempre recogida en un moño y una profunda mirada oscura, de esas que te taladran el alma cuando la miras, y a Ramoncito le gusta hablar con ella, no por nada del otro mundo, sino por la agradable conversación que siempre tiene la muchacha. Ella le ha recordado a Ramoncito, al verla con su vestido de hoy, aquella vez que una mujer de mediana edad le sacó los colores cuando sólo era un jovenzuelo asalariado en una óptica de pueblo...

Llegaba la mujer a la óptica con los rigores del verano en su cuerpo, es decir, el vestido corto y ligero, muy escotado, que se ceñía un poco al talle y al busto merced al sudor que había empezado a brotar, sin prisa pero sin pausa, provocando que la suave tela se adhiriera a su cuerpo como lo están las cosas envasadas al vacío. De esta guisa, y con un abanico espoleado a velocidad vertiginosa, se presentó la mujer, atractiva ella con conocimiento (sabía que era guapa y hacía ostentación de ello), ante nuestro asombrado óptico que no sabía ni por dónde le venía el saludo. 

Tras informarle de que quería unas gafas de sol que le quedaran bien, Ramoncito, tímido hasta decir basta, le fue mostrando el género sin mirarla a la cara, mientras ella ampliaba la sonrisa, suavizaba el tono de voz hasta hacerlo meloso, y agradaba en exceso a nuestro amigo, que ya no daba pie con bola; al final, el rigor del verano hizo, también, mella en él, y ya iba a romper a sudar mientras se atribulaba cogiendo el estuche, la gamuza (vulgo trapito para limpiar las gafas) y todo lo que lleva aparejada la venta de una gafa. La mujer, segura de sí misma, jugando en casa, satisfizo el importe acordado, y ya se disponía a marcharse para respiro de Ramoncito cuando, en un gesto rápido se acercó a él, se colocó las gafas en ese lugar del cuerpo al que los hombres siempre niegan haber mirado (vulgo canalillo) y, mirando fijamente a nuestro nerviosísimo óptico le espetó: "pero de verdad...¿me quedan bien?", tras lo que se marchó orgullosa, divertida y atractiva, dejando a Ramoncito lo mismo que una bandeja de flanes...

N. del A: En ningún caso los personajes expuesto en este post se corresponden con otros que puedan parecer reales. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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