Nota del autor

Todo lo expuesto en este blog corresponde, sólo y exclusivamente, a la inquieta mente de su creador, por lo que, cualquier parecido con personas y/o situaciones reales, es sólo producto de la casualidad.

jueves, 20 de julio de 2017

El bofetón...

Ayer tarde entró en la óptica de Ramoncito un amigo suyo al que hacía tiempo que no veía, para ver si le podía revisar la vista (vulgo regular) ya que creía que no veía bien (esto es una cosa que Ramoncito, después de tantos años de experiencia, aún no entiende, o se ve bien, o se ve mal, pero nunca puede uno "creer que no ve bien"). Su amigo, uno de esos de la infancia que fue con él al instituto, pero que en la carrera fue por otro camino y ya sólo se cruzaban en el barrio, o sabían el uno del otro por las preguntas que sus respectivas madres se hacían en la tienda de ultramarinos, venía con sus dos hijos (perdón, un hijo y una hija, no salten las alarmas sexistas). 

La hija, una santa mujer de nueve años que tenía que acarrear, de por vida, con la dura tarea de ser la hermana mayor de un trasto, un Panzer, un rotavator (vulgo "rotabatos"), que recorría la tienda como si de un campo de batalla se tratase y el orden y la pulcritud de Ramoncito eran el enemigo. Él, el trasto, no paraba de ir de un lado para otro y tan nervioso estaba poniendo a nuestro óptico, que casi estuvo a punto de levantar la mano y darle un bofetón, pero se acordó enseguida de que eso no puede hacerse ahora, e inmediatamente guardó la "zarpa".

Obviamente, estaría mal visto que Ramoncito le diese un bofetón al hijo de su amigo, por muy trasto (y lo era) que este fuera, ya que eso es labor de sus padres, pero lo que un óptico de mediana edad no entiende es que a un hijo propio no se le pueda dar un buen guantazo (sin guantes) a tiempo porque se le pueden crear traumas o, incluso, el niño puede denunciar a su progenitor. Él, Ramoncito, criado a la antigua usanza (a saber, patadón y tentetieso) en un colegio de curas en los que la educación llegaba después de la regla del sacerdote en la parte del cuerpo donde cayera, no le cabe en la cabeza semejante atrocidad, ya que a él, no sólo los curas, sino sus padres, que les decían a aquellos que tenían su total permiso para darle una bofetada si se terciara el caso, no tituteaban a la hora de corregir el camino de nuestro óptico a base de tortas (y no precisamente de manteca). 

Él acabó sus estudios con buenas notas, terminó su carrera, y es una persona educada y correcta porque de eso se encargaron sus padres, sin importar si, para ello, acabó con la cara y el culo (Ramoncito se niega a poner otra acepción a lo que no lo tiene) "coloraos" como la antes mencionada manteca, y acabaron así, de hecho, cada vez que contradecía a su padre, le contestaba a su madre, le hacía la vida imposible a sus hermanos, faltaba a clase, o no se sabía la lección, incluso si no hablaba de usted a sus compañeros de colegio o no se ponía de pie cuando entraba en el aula una persona.

En estos tiempos, que más que correr, vuelan, Ramoncito ha visto cómo los bofetones se han ido sustituyendo por buenas maneras, palabras dulces (que al niño le entran y salen al mismo tiempo), diálogo y paparruchas varias, que han llevado a este país a tener la denominación de origen del "nini", por no haber dado un tortazo a tiempo. Esto se va a pique, piensa Ramoncito, falta mucha "mili"y más guantazos, y así se evitarían casos como los del niño de su amigo, que le acaba de romper una "Cartier" de 490€, a pesar de que su madre, sentada y con el "hola", le ha repetido hasta la saciedad, con muy buenas palabras: "nene, no se toca nada..."

Lo dicho, un buen bofetón... 

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